The Imitation Game de Alexandre Desplat. Por Christian Aguilera.

THE IMITATION GAME
(2014, Alexandre Desplat)                                   
Sony Classical 501212, 2014.
Duración: 50:53.

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Promediando cinco o seis bandas sonoras al año desde hace tiempo, Alexandre Desplat pasa por ser no tan solo uno de los más prolíficos compositores de la actualidad sino también uno de los que contribuyen sobremanera a elevar la calidad media de una determinada producción con la confección de unas partituras hilvanadas con exquisitez y tacto. Si tomamos como referencia 2014 cierto es que la exigencia para crear una determinada partitura no ha sido la misma, por ejemplo, para La venus de las pieles (2014) que para El gran Hotel Budapest o The Imitation Game (Descifrando Enigma), distinguida este última con una nominación al Oscar® a la Mejor Banda Sonora, algo que ya va siendo habitual en este autor galo. La historia que presenta The Imitation Game contaría de partida con los mimbres necesarios para que Desplat acomodara un score con arreglo a utilizar algunas de sus bazas fundamentales, aquellas prestas a ir dando forma a un estilo que puede adaptarse a diversos géneros, pero que encuentra en la suma de la ecuación drama (con conflicto moral) y romanticismo la posibilidad de mostrarse en toda su esencia. Un fermento propicio para que Desplat construya un comentario musical aplicado a conceptos minimalistas, evocadora y sugerente en su matriz dramática y despojado de cualquier elemento que pueda distraer la atención del espectador en forma de innecesarios subrayados.
La base del planteamiento musical de The Imitation Game nos sitúa en dos frentes: en primer lugar, elaborar temas “inspirados” en varios personajes de la función —la edición de Sony explicita si cabe aún más este recurso empleado: los cortes “Alan”, “Joan” y el director del centro de operaciones secretas al servicio de Su Majestad, “Headmaster”—, y en segundo lugar, advertir en todo momento que nos encontramos ante una carrera contrarreloj; hay que ganarle al tiempo si se quiere descifrar la máquina Enigma ideada por los nazis. Desplat, en un ardid que lo emparenta al empleado por Dario Marianelli en Expiación (2007) o Howard Shore en La invención de Hugo (2011), procura dotar a su banda sonora de un sentido del ritmo que represente, si se prefiere de una manera abstracta, la noción de unas manecillas de reloj que no siguen un patrón de conducta lógico. Más bien el tiempo se contrae y se dilata, a conveniencia de la cadencia narrativa que demande determinada parte de la película. Los violines cobran protagonismo, pues, en estos tramos en que los instrumentos de viento rebajan el semblante serio, un punto trascendente de la partitura. Anclado el sustrato musical, Desplat se permite algunos giros interesantes, en que en el tercer “acto” del film lo dramático gana en intensidad, prevaleciendo notas extraídas al piano que tratan de dejar al descubierto la tragedia personal de Alan Turing (Benedict Cumberbatch), en contraposición con el logro que cosecha en el seno del equipo de trabaja con sumo esfuerzo para descifrar Enigma, la joya de la corona de los nazis en materia de comunicaciones. A pesar de que el director noruego Morten Tyldum y el guionista y coproductor Graham Moore proponen un relato salpicado de flashbacks, la composición dramática pergeñada por Desplat no se resiente. Más bien esos retrocesos en el tiempo permiten al artista galo ir colocando las piezas de manera precisa en un puzzle virtual, el que una vez completado nos da una visión en panorámica de un personaje señalado con el dedo acusador por ser “diferente”. Una homosexualidad reprimida que deviene la principal línea dramática de la que se abastece el relato con el ánimo de ofrecer un retrato de un visionario. Alguien a quien en vida se le juzgaría de manera especialmente severa y cruel (ya en el arranque de su adolescencia en un colegio privado), adoptando para ello unos mecanismos de defensa para su supervivencia que la partitura de Desplat expresa adecuadamente con ese lápiz musical capaz de perfilar hasta el más mínimo detalle (en forma de arsenal instrumental) el dibujo de una realidad donde las ideas osadas se pueden combatir con una violencia no verbal, la dictada desde el púlpito de los que se saben en la posesión de la verdad absoluta.•

Christian Aguilera

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