Tomorrowland de Michael Giacchino.

Corre el rumor –producto de la especulación, de latín speculari (mirar desde arriba), y es que es sobre esta atalaya desde la que miro a este y a otros músicos de la actualidad- de que Michael Giacchino será el sucesor de John Williams, ¡qué barbaridad¡ que cantaba el gran Jaime Urrutia. Lo cierto es que razón no les falta a aquellos que lo afirman, pues el de Nueva Jersey copia descaradamente el estilo del genio Neoyorkino. Si hay una característica que define la música de Giacchino es el terrible sopor que despiertan sus barrocas melodías, tan pesadas que ni con bicarbonato sódico pueden ser digeridas. Un bostezo tras otro y una más que inteligente campaña de merchandising han logrado que su nombre esté presente en algunas de las producciones más comerciales del cine norteamericano. Su Oscar de la Academia lo consagró –“Avatar” fue mejor- catapultándolo al Olimpo de los músicos, a ese lugar al que no pertenecen genios como Poledouris, Morricone –El Oscar honorífico no cuenta-, Nyman, Holdridge o Hisiashi, pero que le vamos a hacer…

Como muy bien ha escrito Ignacio Garrido Muñoz a propósito de “Tomorrowland –reseña publicada en la web Bandasonora.org-, “Ser tuerto en el país de los ciegos es una expresión conocida dentro del refranero popular castellano que bien puede aplicarse a las últimas aportaciones del último alumno aventajado del post-sinfonismo hollywodiense”, “¡Chapeau!”, es más, tomando como cierto este aserto, que lo es, se puede ir más allá diciendo que la mayor parte de la obra de Giacchino es como escribió Shakespeare, “Mucho ruido y pocas nueces”. Super 8, Up, Jupiter Ascending y ahora “Tomorrowland”, última producción dirigida por Brad Bird –autor de la maravillosa “The Iron Giant”, su mejor obra- son un ejemplo de la falta de originalidad que rodea al músico, un mosaico de sonidos metálicos y ruidosos que exasperan hasta decir basta. El autor de Up o Super 8 –lo mejor que ha escrito hasta ahora- muestra una vez más su limitada capacidad melódica –facilona y recurrente- que consigue irritar al más paciente de los mortales. La partitura de “Tomorrowland” se articula en derredor de una pegadiza, tediosa y heroica fanfarria a modo de leitmotiv–Edge of tomorrowland/Pin-ultimate experienceque Giacchino utiliza como tema central de la obra, unas cuantas notas tan contundentes como frías -se necesita algo más que 6 o 7 notas a los metales- que el músico maneja con oficio a lo largo del score. A partir de aquí la partitura se sustenta sobre contundentes temas de acción –The Battle of bridgeway– marca de la casa que el músico orquesta de forma superficial a la maniera de John Williams, y es que a Giacchino le sobra intención y le falta personalidad. Es en los últimos compases de la partitura donde Giacchino maquilla con solvencia su leitmotiv añadiendo coros –Pins of a feather/End Credits– que refuerzan el gran intento sinfónico que es “Tomorrowland”.

Por tanto, puestos a especular, especulemos sobre el papel que hubiera jugado Michael Giacchino en las décadas de los 80 o 90 cuando el neo-sinfonismo vivió su segunda juventud, una época irrepetible que tuvo la fortuna de “sufrir” la mejor versión de músicos como Broughton, Horner, Poledouris, Howard o Williams demostrando que ahora es muy fácil impresionar a las nuevas generaciones. Por eso coincido con Ignacio en que “Ser tuerto en el país de los ciegos…” 

Antonio Pardo Larrosa.

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